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Una característica de la sociedad
actual, marcada esencialmente por la forma
como concebimos el futuro y como éste
determina nuestro presente, es el cambio
y la innovación permanentes, los
cuales, al igual que en los demás
campos profesionales, determinan de manera
sustantiva, el accionar del administrador
de las instituciones y de los procesos
educativos, puesto que de manera permanente
cambian sus responsabilidades, cambian
sus funciones, cambian las expectativas
de la sociedad respecto de dichas funciones
y responsabilidades, cambian las realidades
institucionales, cambian los conocimientos
y las competencias requeridos, cambian
los sujetos de nuestro accionar educativo,
cambia, en síntesis, la sociedad
y todo lo entendemos por ella.
Lo anterior nos lleva a concebir a todo
aquel que, de una manera u otra, tiene
que ver con la formación de otros
y con la creación de condiciones
institucionales y tecnológicas
apropiadas para tales procesos, no sólo
como un conocedor de técnicas y
teorías - las cuales son sometidas
a un permanente cuestionamiento, reconceptualización
y cambio por el mismo ritmo y acontecimientos
de nuestra época - sino, además
y ante todo, como un estudioso de la cultura,
los valores, la problemática y
la tecnología de su tiempo. Y puesto
que éstos son dinámicos
y cambiantes, también lo deben
ser las instituciones educativas y las
personas que las dirigen, con el fin de
poder responder, de manera adecuada y
anticipatoria, a los retos que nos impone
la sociedad, la juventud, la ciencia y
la tecnología actuales y futuras.
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